«CUENTO DE NAVIDAD: ¿DONDE ESTA EL NIÑO?»


Dicen que es un tópico, pero muchas personas cuando se aproxima este Tiempo, sienten que su ser entona otra cadencia y una especie de adagio se apodera de sus mentes, haciéndoles desvelar las claves secretas de sus palpitantes cajitas sonoras, en donde guardan los recuerdos. Estos recuerdos que los demás días del año se hayan escondidos en las cavernas del pensamiento, de súbito aparecen alegres o tristes, y nos hacen: reír, llorar, recordar, en una palabra vivir. Y entonces, ante nosotros gira ese carrusel maravilloso del que emergen nuestros seres queridos, nuestras añoranzas, en fin, secuencias de la inacabada película vital. De esta forma, al final e inicio de un nuevo ciclo, recapitulamos y surge en el cinemascope de la mente el titulo de aquella película, lejos en el tiempo y cercana en el recuerdo, denominada ¿Quo Vadis?
¡Si!, ¿a donde voy? ¡Si!, ¿a donde vamos?. Estas preguntas a veces hacen zozobrar el equilibrio que da la altura de los años. Más, ante la incertidumbre, hundamos las raíces en lo profundo de los tiempos y aflorara en nosotros la serenidad de lo sustancial; la certidumbre de la palabra milenaria; el bálsamo benefactor de la herida ancestral; y las dudas, plegaran sus tiendas y como los mercaderes, se irán a morar a tierras lejanas. Entonces, en la plenitud de la conciencia deviene la Navidad como el hecho histórico necesario, al que las circunstancias pueden dificultar, pero que al final se cumplirá su inexorable profecía y nuevamente se producirá en el alumbramiento de un Niño, los deseos de amor, justicia y paz. ¡Amor!, ¡Justicia!, ¡Paz!. ¡Que oración más sencilla!. ¡Que poema mas hermoso para grabar en nuestros corazones!
Pues con el amino de ayudar a convertir estos versos en una realidad tangible, queremos buscar al dulce Niño que hace posible la Navidad, y proclamarle estos relatos, poemas y canciones, que nos salen del corazón y que a él están prendidos por los lazos de la amistad. Pero, ¡aquí ahora!. ¡En nuestros días!. ¡Hoy!, ¿verdaderamente sabemos, dónde esta el Niño?. Al evocar esta pesarosa pregunta, todavía resuena en mis tímpanos el eco arcano de aquel triste día… Más, parece que fue ayer, cuando sucedieron los acontecimientos que os queremos relatar.
Una magnifica mañana en un hermoso pueblo cercano a nuestra ciudad, se preparaba con radiante excitación, el acontecimiento anual por excelencia: la Representación del Belén viviente en el que año tras año participaba nuestra asociación poética. Aquella aurora de diciembre, un autobús nos condujo desde Sevilla a la Plaza Mayor del pueblo. A ella llegamos a primera hora de la mañana, cuando el frío arrecia por esos parajes. Sin embargo, al bajarnos del autobús, observamos una temperatura bastante calida.
El grande y frío termómetro que había en la vieja Farmacia de la plazuela, marcaba la temperatura que correspondía a la altura y latitud en donde nos hallábamos. No obstante, aunque el insensible termómetro no lo captase, el ambiente estaba impregnado de un halo radiante que daba al cielo un aspecto de azul templado, que suavizaba el rigor gélido de aquellos aires serranos.
Nos dirigimos al Casino que estaba junto a la Farmacia y tomamos el preceptivo café mañanero. Una vez restaurados fuimos conducidos por nuestra presidenta Luisa, hasta las últimas casas del pueblo, muy cerca del confín de los olivares. En una nave comercial que un piadoso vecino tradicionalmente cedía para tal evento, encontramos un grupo de personas que se disponían a participar en el ensayo general de la representación, y al que nuestra asociación se sumaba anualmente para aportar su colaboración. Esta consistía en jalonar dicho acto con declamaciones de poemas y cantos de villancicos, que a modo de presentes eran ofrecidos al Niño Jesús.
Realizados los saludos y presentaciones, Antonio, amigo de Luisa, director de la puesta en escena, pidió gentilmente nuestra atención para introducirnos en el ambiente festivo que allí reinaba. De esta manera se iniciaba el ensayo cuyo esperado estreno tendría lugar al día siguiente.
Entre bambalinas, atentos, permanecíamos colocados en los laterales del escenario esperando la señal del director. En la quietud del momento se oyó su tenue pero firme voz: “¡Adelante!” Los tramoyistas comenzaron a jalar de las cuerdas que abría el escenario. Todos atentos sonreíamos excepto Judit, una joven de la comarca vecina que con un monótono, nervioso y delatador tic, comprobaba en su reloj de pulsera, uno por uno el cadencioso paso de los segundos. Nuestro compañero Gerardo, se dispuso a salir para hacernos el honor de la presentación, así como, recitar la primera ofrenda poética. En este silencio expectante en que se dirigía al centro del escenario, miro con natural complacencia, al Niño-Dios, actor principal de aquella representación-celebración, que por su unción y dignidad diríamos cuasi litúrgica. Sus ojos recorrieron el escenario buscando el aposento que debería albergar al tierno Niño. Y lo hallo, pero cual fue su sorpresa al comprobar, que no acogía al Rey-Niño, ¡que estaba vacía! En esos momentos en que la palabra pierde su gravedad y la incertidumbre te ahoga, giro sobre sus pies en interrogante círculo y dijo: “¿Dónde esta el Niño?”. Esta simple pregunta, que al principio hasta provocó cierta hilaridad en los presentes, una vez comprendida en su profundidad, desencadeno una riada de gritos que anegó de golpe la sala.
Ante la ausencia del Niño todos gritaron, menos la joven Judit. Ella era la responsable de traer al Niño. Ella había sido encargada por el director para tenerlo y velar por Él. Por ello, con el silencio cómplice callaba su delito. Y fue este silencio punible, el magnetismo que polarizo a todas las miradas en una sola y que como un dardo se dirigió hacia ella. Cesaron las voces y el local entero se congelo en un suspiro contenido y eterno. Todos: hieráticos, pétreos, clavaron los ojos en la Joven que súbitamente paso, de un rubor provocador de sentimientos inquisitivos, a un pálido indulgente y casi angelical rostro. La ira contenida que paralizaba las gargantas se quebró de pronto cuando un joven que hacia de pastor, acertó a preguntar: “¿Qué pasa?”. Antonio, que siguió el desarrollo dramático de toda aquella algarabía, con voz templada sugirió a Judit que se explicase, ya que la mayoría de los presentes movidos solamente por la intuición y sin prueba alguna, la habían rodeado y amenazadoramente le demandaban una explicación. El director se acerco al círculo y pregunto a la Joven: “¡Tu eres la custodia del Niño!, ¿en donde lo has dejado?”. Con balbuceos sollozantes, la mujer hilvanó algunas palabras casi ininteligibles: “Yo…, Yo…. ¡Todo ha sido culpa de la batería!” Antonio casi exasperado la increpo: “¿Cómo?” Ella con la temblorosa voz que da el miedo, continuó: “Si, anoche olvide poner a cargar el móvil, y hoy no puedo recibir llamadas. ¡Que desgraciada soy, no tengo cobertura!”. Los presentes cruzaron las miradas y repitieron en múltiples sones: “¡¿Batería?!”; “¡¿Cobertura!?”; “¡¿Cobertura!?”; “¡¿Batería!?”. Antonio interrumpió el absurdo vaivén y aireado concluyo: “¡¿Qué tiene que ver, la desaparición del Niño con la cobertura?!”. “Si, muchísimo”, enfatizo la Joven: “Hace tres días vi un anuncio en un periódico solicitando un niño para una campaña publicitaria de Navidad”. Antonio interrumpiéndola de golpe: “¡Insensata!, ¿un Niño anunciando champán?”. Judit, con tono eximente puntualizo: “¡No!. La publicidad era para una colonia”. El perfume mágico de esta palabra alivio la tensión y todos exclamaron: “¡Ah…, vamos!”. Judit aprovecho la ocasión y prosiguió con su triste confesión: “Si, fue una productora de la capital, la que acepto mi solicitud y me propuso alquilarme al Niño por unas horas para la realización del anuncio. A cambio ellos me darían algún dinero y un lote de los perfumes que se anunciaban. La secretaria del productor al terminar el rodaje me llamaría, pero al quedarme sin batería en el móvil y..., y… ”Al llegar a esta conjunción su ánimo se desplomo y nuevamente lloró su culpa. Estas lágrimas lograron apagar en parte el furor desatado, y el silencio que dejaron, fue llenado rápidamente por Antonio, que como responsable necesitaba de una explicación. “¡Y...! ¿Qué paso?”, pregunto. Nuevamente todos los presentes como un coro perfectamente orquestado, afirmaron al unísono: “¡Lo han raptado!”. Judit que no deseaba admitir esta posibilidad, exclamó: “¡No!. Ellos seguramente me han llamado pero al no responderles, desconozco lo que habrán hecho con el Niño”. Antonio, con una capacidad natural para asumir contrariedades ordena inmediatamente: “¡Que alguien llame rápido a la Policía Local! ¡Tenemos que poner en su conocimiento esta desaparición!” Un participante que hacia de Criado de Herodes, desmoralizado y turbado por las circunstancias, con voz añorante de aquellas sencillas Navidades de su niñez, comentó indolente: “Llamare, pero no se si habrá alguno en la Comisaría. En estas fechas casi todos los policías locales están muy atareados en las múltiples demandan que origina el desbordante y superfluo consumo: dirigir el tráfico; vigilar comercios; prohibir petardos; controlar la alcoholemia”. Y concluyó con un melancólico suspiro: “¡Ay, Señor!, ¿que nos queda de la verdadera Navidad? ¿Y si ahora para más INRI hemos perdido al Niño?” Estas palabras cargadas de pesadumbre provocaron una exclamación general de desaliento: “¿Quién lo buscara entonces?” Y lo que anteriormente fue un grito de entrega unánime, comienza a individualizarse en comentarios egoístas: “Yo, si se suspende el ensayo tengo que poner el árbol de Navidad”; “Y yo, tengo que comprar los turrones”; Y yo, comprar el pavo y los mariscos; “Y yo…”; “Y yo…”; Y yo…”. Esta ola de desalientos, lleva a Antonio a su extremo y estalla con reproches cargados de verdad: “¡Comprar...! ¡Comprar…! ¡Comprar…! ¡Por Dios! ¡Basta ya! ¡Tenemos que encontrar al Niño! ¿Que sería de la Navidad sin el Niño? ¡Solo nos quedaría la colonia para poder soportar el olor de nuestros podridos corazones! ¿¡Dónde esta el Niño!?, os pregunto yo ahora. ¿Dónde están los que antes se rasgaban las vestiduras porque el Niño se había perdido?” Estas palabras rabiosas colmadas de razón, fueron el nuevo aglutinante que aunó voluntades. Antonio que capto este mensaje, rápidamente organizó varios grupos de búsqueda. Uno iría a la Comisaría. Otro buscaría en los Comercios. Y un tercero formado por el grupo poético, se encargaría de buscar por las calles del pueblo.
Paralelamente a estos acontecimientos, como más tarde nos narrarían, se desarrollaban otras circunstancias que la fuerza del destino los haría convergente en un preciso y determinado momento. Walter, que así se llamaba el responsable de la Productora encargada de realizar el anuncio televisivo, de una de las mil marcas de colonia, que por estas fechas nos embriagan, había terminado las secuencias de video y tenía que devolver el Niño a Judit. También debería pagarle los 30 euros pactados y obsequiarla con el lote de perfumes sobrantes del rodaje. “Ana, ¿has llamado a la Chica que nos proporciono el Niño?” Le pregunta a su secretaria con acento de sobreactuado ejecutivo. “Si, pero me da fuera de cobertura. Hace 20 minutos que no paro de llamarla”. Contesta la eficiente Secretaria.
Walter apresurado por esa dinámica que algunos señores del cine derrochan por doquier, consistente en agitados ademanes y movimientos estériles, manda que se ponga en marcha la caravana de vehículos que han intervenido en la filmación. Cristóbal, su ayudante, acostumbrado a recibir caprichosas ordenes, se limito a preguntar: “¿A donde vamos? ¿Y el Niño? ¿Qué hacemos con Él?”. Walter impertérrito exclamo: ¡Vamos a tomar café! El Ayudante intentando poner cordura en la insensatez, sugirió dirigirse a un Centro Comercial cercano que era las delicias y el nuevo templo pagano del dispendio. En él, Walter podría satisfacer su imperioso café, mientras Cristóbal comunicaría a la policía los hechos para intentar localizar a la responsable de la Criatura. Cuando llegaron al lugar propuesto, unos ensordecedores alaridos de sirenas se dejaban sentir como trágico augurio de un accidente. Walter con toda su corte, desaforados, bajaron de los vehículos rápidamente y se fueron a tomar el ansiado refrigerio. Ana y Cristóbal quedaron solos con el Niño en brazos, intentando localizar a los guardias que por causa del accidente no se encontraban en aquel lugar. La eternidad de los minutos que te afligen cuando estas inmerso en un dilema, se diluyeron de pronto con las risas y espavientos que precedían el retorno de Walter y los demás. “Pero, ¿Qué hacéis aquí como dos pasmarotes?” pregunta con cierta mofa. Ana, conmovida en su instinto maternal le contesta: “¡Pero no ves al Niño! ¿Que hacemos con Él?”. Él le replica irónico: “¡Por mi te lo puedes quedar, ja, ja, ja…!” Y con sorna prosigue: “¡Allí, no ves!. Hay un incipiente portal de Belén que estos Centros del Ocio instala todos los años. ¡Déjalo sobre el pesebre, ja, ja!” Estas palabras de total desprecio hacia aquel precioso Niño, hirieron el curtido corazón de Cristóbal que respondió con un simple silencio El productor contrariado, con acento de ultimátum le cuestiona: “¿Te vienes o te quedas?” Ana que vislumbra en esas palabras la posible pérdida de su salario con el que mensualmente afrontaba la esclavizante hipoteca, suavemente entrega el Niño a su compañero y se desliza hacia el auto en donde Walter la esperaba. Cristóbal, en la soledad del gran aparcamiento ve desfilar uno a uno los vehículos que formaban la caravana de aquellos vendedores de lo trivial; de aquellos mercaderes de lo baladí. Y como su Santo, aquel hombre siguiendo su sino, tomo al Niño sobre sus hombros e inicio la travesía. En el bullicio circundante nadie reparó en aquel extraordinario gesto; en aquella acción valiente. Así son los grandes hechos que por lo común pasan desapercibidos, pero que posteriormente, y llegado su momento, son los determinantes y decisivos de los acontecimientos futuros. Desolado en la aglomeración, y con un ruido de gripos, petardos y sirenas como música de fondo, solamente recibe una muestra de amistad de todo el orbe circundante. Una perra que se le ha debido escapar a alguien, se le aproxima, le huele su desamparo y se posa a sus pies. Él se inclina y ve en su collar una inscripción en la que se puede leer: “Lala-Jafna”, palabras que pronuncia en voz alta y que al terminarlas le añade una grandilocuente reverencia. Como en un grotesco protocolo de presentaciones, él añade murmurando con tono trágico-burlesco: “Y nosotros, El Niño y si protector Cristóbal”. Pensativo, cansado del madrugón, deambula de un lado para otro en busca de alguien que le ayude, más, ocupados todos en superfluos quehaceres nadie repara en él. Andando sin saber a donde, por extraña casualidad llegó al inconcluso establo y sorprendido comprobó que había una mullida cuna de madera y una cómoda jamuga. Se aproximo y una vez apoyado en la silla, deposito lentamente y con una ternura indescriptible al Niño en la cunita. Al acomodar al preciado Querubín sobre el algodonado aposento, como un resorte instantáneo, se dispararon cien mil alarmas y todos aquellos ruidos e indiferentes gestos fueron eclipsados por una cascada de insonoros fuegos artificiales que venían acompañados de una pura melodía de celestiales cadencias e infinitas cuerdas.
Los componentes del grupo poético, que después de un largo peregrinar sienten el amargor de la infructuosa búsqueda, elevan sus miradas implorantes al cielo que esta llegando a uno de sus más tristes ocasos. De pronto, ven elevarse los resplandores que a modo de nuevo Sol los ilumina y conforta. Entonces, movidos por no se que extraña fuerza corren al origen de la Luz, y allí, en el portal ven como despunta de nuevo el Sol de Amor, Justicia y Paz. Y así, entre circunstancias adversas, se vuelve a cumplir lo anunciado por los profetas cientos de años atrás: “Y en su luminosa soledad yacía el Rey del Mundo, cuando llegaron al portal el grupo de poetas, bardos, juglares, recitadores, copleros, rapsodas, trovadores, gentes sencillas que hacen de la palabra su razón de ser y alimento de sus vidas. Y mirando a aquel maravilloso y tierno ser, experimentaron ese sublime éxtasis que deviene al observar el mar, y añorar en él a nuestro primitivo hogar. De igual modo, sus poéticos corazones quedaron cautivados al contemplar la Divina Palabra, que por excelencia es el Verbo Encarnado. Por ello, imbuidos de un mágico aliento, ahora danzaban, ahora recitaban, ahora cantaban, y una luz invisible; un halo inescrutable, hizo que todos los presentes volviesen sus rostros ya iluminados hacia el Portal y uniéndose en las canciones, himnos y alabanzas, proclamaban con alegre certeza: “¡Hemos encontrado al Niño! ¡Esta aquí!. Y esta solemne afirmación hizo sonreír en aquel momento al Salvador del Mundo.

F.P.O.
Alcalá de Guadaíra, 18 diciembre 2007