«EL COMETA»
Aquel orto singular despertó
a las sutiles mariposas y a las lacerantes avispas
que batiendo y zumbando alas
comunicaban nuestros cromosomas
allende los sinuosos senos infinitos;
penetrando los curvos espacios siderales.
En el viajero cometa todo crecía y menguaba
y un acordeón cósmico interpretaba una inagotable fuga,
cuyo sujeto al jugar con las escalas cromáticas,
generaba variadas y dulces armonías,
que dejaban a los corazones como dormidos;
como ausentes de su destino: sin fe en el crepúsculo.
En el instante eterno de la elipse
una estela de gargantas gemían y vociferaban
y el orfeón de centenares de millones de voces
rompía el tul de estrellas que envolvía a la nebulosa.
Con mirada retrospectiva los ojos oteaban el horizonte
y un amargo sentimiento de piel quebrada hería los corazones,
pues los aros del destino comienzan y terminan con dolor.
La esfinge milenaria, impasible, lloraba su densa eternidad,
mientras que a sus pies, una masa de múltiples lenguas
suplicaban su inminente final recitando arcanos mantras.
Sus deseos, como ecos danzaban entre los astros,
y un sin fin de letanías, poblaban las galaxias
que absortas en sus giros, parecían ignorar.
Al final, todo aquel balbuceo se diluía, y cada átomo
en libertad ingrávida, se armonizaba formando
cuerpos translucidos y radiantes,
que en su ocaso lograban la anhelada estabilidad.
F.P.O.
Alcalá, 9 de mayo de 2010
Aquel orto singular despertó
a las sutiles mariposas y a las lacerantes avispas
que batiendo y zumbando alas
comunicaban nuestros cromosomas
allende los sinuosos senos infinitos;
penetrando los curvos espacios siderales.
En el viajero cometa todo crecía y menguaba
y un acordeón cósmico interpretaba una inagotable fuga,
cuyo sujeto al jugar con las escalas cromáticas,
generaba variadas y dulces armonías,
que dejaban a los corazones como dormidos;
como ausentes de su destino: sin fe en el crepúsculo.
En el instante eterno de la elipse
una estela de gargantas gemían y vociferaban
y el orfeón de centenares de millones de voces
rompía el tul de estrellas que envolvía a la nebulosa.
Con mirada retrospectiva los ojos oteaban el horizonte
y un amargo sentimiento de piel quebrada hería los corazones,
pues los aros del destino comienzan y terminan con dolor.
La esfinge milenaria, impasible, lloraba su densa eternidad,
mientras que a sus pies, una masa de múltiples lenguas
suplicaban su inminente final recitando arcanos mantras.
Sus deseos, como ecos danzaban entre los astros,
y un sin fin de letanías, poblaban las galaxias
que absortas en sus giros, parecían ignorar.
Al final, todo aquel balbuceo se diluía, y cada átomo
en libertad ingrávida, se armonizaba formando
cuerpos translucidos y radiantes,
que en su ocaso lograban la anhelada estabilidad.
F.P.O.
Alcalá, 9 de mayo de 2010
