«ARMONIAS»


La nota gobernaba el arpa que la mano tañía
y la cuerda suspiraba por el roce celeste del dedo acusador.
Entre el arpa, el dedo y la nota, el amor/desamor hilvanaba
una melodía con sabor a vainilla de Módena,
que hería y alegraba el corazón del Gran Encantador.

Las cuerdas como serpientes reptaban sobre el pentagrama vacío
y sus huevos negros, dejaban sonidos etéreos que en círculos concéntricos,
anidaban en los corredores del cerebro.

Una llama eterna, chisporroteaba al final del pasillo,
y una nube de nácar ocultaba su rostro que se antojaba:
translucido; inmutable; como de metacrilato.

Los pabilos desprendidos, se asemejaban a ingrávidas plicas,
que girando con excéntricas medidas, locamente bullían
al son de una mano invisible que orquestaba desde la noche.

Extenuadas las figuras: reposaban los compases,
y el eco lentamente modulaba un final incierto.
Las corcheas se dilataban en negras;
las blancas menguaban en garrapateas;
y el colapso insonoro se incrusto en el vacío.

Estallaron las cuerdas del arpa y la mano cayo
como lluvia de polvo sobre la armadura metálica,
cuyo dorado radiante amarilleaba desde la lejanía.

Tímpanos ciegos lloraban y sus lagrimas rojas
empapaban el corazón de la Mano Invisible
que seguía su compás desde el más profundo crepúsculo.



                                                               FPO

                                                     Alcalá, 9 de julio de 2010