Miríadas de hojas mecen sus destinos al gélido viento.
Danzan al aire, suspendidas e indolentes por el céfiro de los deseos:
su fragilidad; su tierna desnudez; la oscuridad de los sentidos.
Mientras, callados y renovados brotes, apuntan esperanzados en las entrañas.
El árbol de diamantes sigue esperando –¡eternamente esperando!-,
en el silencioso bosque del cosmos,
en tanto que en sus doradas ramas germinan más ingrávidos y oxidados pálpitos.
La galerna arrecia y estremece las fibras del “cardiomío”,
y otro deseo desprendido vuela hacia no se que recóndito lugar,
en donde cientos de hojas sueltas, al jugar de la brisa, definen el eterno sendero.
Pasos turbados trituran los sueños que crujen, lastimosos,
por las veredas perdidas y los recodos inciertos,
y en polvo circundante son ahogadas aquellas partículas de amor,
y así: emigra el recuerdo; exhala el suspiro; calla la vieja canción.
De aquel árbol un violín desgrana unas simples notas
y en el sinuoso y circular vericueto del final del arco,
el tocador curva el instante sonoro,
y otra nueva fuga ordena matemáticamente el orbe.
Entonces, en el polvo inundado de lágrimas, un barro toma cuerpo,
que armonizado por calidos soles, danza frenéticos bailes amorosos.
Y aquel árbol que en su crisálida fue translúcido diamante,
ahora parece reverdecer en esplendida esmeralda:
De una de sus ramas pende una estrella que tintinea Amor.
Sevilla, 21-12-10
F.P.O. "Aedo"
F.P.O. "Aedo"

