TEORIA DE LOS GEMELOS EN EL MANANTIAL

      Calerón, Tesorillo, Manjalen, así se llamaban los manantiales de mi niñez. Eran como templos paganos que visitaba en peregrinación anual cuando por la primavera se producía su eclosión. Tal vez una tarde de marzo, allí, en la ribera del Tesorillo quedo mi gemelo, mi clon, un trozo indefinido de mi alma, cuando aquel día incierto, jugando desnudo en su orilla note que mi ser se desgarraba ante la presencia de mi propia aparición: Me había alumbrado el espejo de la conciencia, y quedé sorprendido al contemplar la visión de mi cuerpo. Aquella grácil figura de los siete años que misteriosamente surgió del bosque de las neuronas y que reconocí al instante como un viejo amigo del mar, ya nunca más me abandonaría en la sinuosa corriente.
      La imagen salto y con ligereza infantil, se sumergió en los remolinos lunáticos del torrente y por los meandros y rápidos se deslizo mi cuerpo con el corazón vacío, pero henchido de aire fresco. Desde entonces navego por múltiples causes, con el alma ausente de aquella brisa de juventud. Y así, exploro las riveras de la vida con la amarga sed de los vastos mares. ¿Por qué, es el deseo el remo del bajel que te impulsa hacia el oasis del mar?
      La herida de la conciencia acotó ese día como el punto de modulación de los universos paralelos en los que se desdoblan los seres humanos. En ese clip de los cúmulos del tiempo, todavía me siento inmerso en el remanso uterino de las aguas incoloras, abrazado en el calido manto del ancestral regazo; gozando de las primeras líneas del libro blanco; sintiendo la plenitud del descubrimiento.
      Ahora, en esta altura, lanzo mi piedra al lago y quiero descubrir la formula para volver el corazón: ¡recordar! Y así, escudriñando los meandros del espacio, sentir el pulso “molto vivace” de un cuerpo ingenuo, en derivada cadencia hacia un “adagio” de sesenta y tantos compases.
      Decía el filósofo: “La juventud se cura con los años”. Pero, ¿por qué esa relativa nostalgia cuando los pasos zigzagueantes de los relojes separan inexorablemente los caminos, y un guarismo desprendido puede girar tu rumbo hacia una infinitud de estrellas?
      Hoy, en este horizonte, siento la frialdad de sus manos igual que el vaivén de un adiós; igual que un gesto de desamor, que mece a la vida, pero que en su mismo fluir muere y nunca jamás te volverá a bañar en sus besos. Palpo en su humedad, millones de lagrimas vertidas por el cotidiano existir que avanza surcando las orillas de lo querido y más tarde repudiado. Veo aquellas aguas como una inmensa bola de mercurio; como un mágico fluido que alivia el peso y cuyo magnetismo te seduce hacia el torbellino de lo incierto; hacia la gruta cóncava; hacia el agujero negro, en donde emana con otras leyes de desconocidos parámetros la doble hélice. Oigo la sinfonía de sus moléculas entonando el primigenio canto, imposible de encauzar en pentagramas de milenarias líneas. Huelo en su esencia insípida, las fragancias eternas del amor, la pureza inmaculada del cristal. La bebo como un anhelado elixir; como un bálsamo benefactor que súbitamente cura las pueriles heridas del amor naufragado en desamor.
      ¡Mañana, al instante, en la brevedad de un suspiro! ¿Quizás mil años? Aquí, en la otra orilla percibiré desde la lejanía los acontecimientos difusos; convergentes y distantes; emanados de las galerías del tiempo, cuyos pálpitos acariciaran la piel de mi corazón al intuirlos próximos, y éste me revelará, desde cualquier punto de las galaxias, desde cualquier momento del orbe entero y su más allá, a un joven inclinándose sobre una fuente para sentir ese placer vacilante de la sed calmada, que es la sal de la vida, y cuyo pasajero frescor te conduce al inmenso e insondable desierto del deseo.

                                F.P.O. (Aedo)


          Alcalá de Guadaíra, 05 de junio de 2011